La sala del Tribunal de la Corona de Leicester estaba cargada de tensión aquel día de octubre de 2025. Durante semanas, el juicio contra Julia Wandelt, una joven polaca de 24 años que durante más de dos años había insistido en que era Madeleine McCann —la niña británica desaparecida en Portugal en 2007—, y su supuesta cómplice Karen Spragg, había revelado detalles perturbadores sobre una campaña de acoso que había afectado profundamente a la familia McCann y a su círculo cercano.
Lo que comenzó como afirmaciones extravagantes en redes sociales se convirtió en una serie de contactos insistentes, llamadas, mensajes, cartas y hasta visitas inesperadas al domicilio de Kate y Gerry McCann.

El testimonio más impactante llegó de una amiga cercana de la familia, Fiona Payne, quien había estado presente en Praia da Luz la noche en que Madeleine desapareció, formando parte del grupo de amigos conocidos como los “Tapas Seven”. Payne declaró ante el jurado que, en casi dos décadas desde la desaparición —18 años de agonía, especulaciones y falsas esperanzas—, nunca habían recibido contacto de alguien que pretendiera ser la propia Madeleine.
“Nunca fuimos contactados por alguien que pensara ser Madeleine”, afirmó con voz firme, subrayando que entre las innumerables cartas de “videntes”, correos de teóricos de la conspiración y mensajes de curiosos, ninguno había cruzado esa línea tan delicada y dolorosa.

Sin embargo, todo cambió cuando, motivada por el inicio del juicio, Payne decidió revisar su carpeta de spam en Facebook Messenger. Allí, ocultos entre anuncios y mensajes filtrados, encontró una serie de comunicaciones enviadas por Julia Wandelt bajo el perfil “Julia Julia”. Los mensajes eran descritos en el tribunal como “escalofriantes” y “arrepios”: incluían fotografías manipuladas, supuestos informes de ADN, referencias a “recuerdos recuperados” bajo hipnosis y demandas repetidas de que la familia realizara pruebas genéticas para “confirmar” su identidad. Algunos mensajes llegaban a insinuar detalles íntimos de la vida familiar, jugando con emociones y generando un profundo malestar.

Payne explicó que solo descubrió esos mensajes en febrero de 2025, poco después de que Wandelt fuera arrestada. “Me sentí enfadada, perturbada. Era como si alguien hubiera invadido nuestra privacidad de la peor manera posible”, relató. Los contactos no se limitaban a ella: Wandelt había intentado agregar a la hija de los Payne como amiga en redes sociales y había enviado correos con imágenes no públicas de las familias Payne y McCann, alegando que provenían de una fuente cercana que “creía” en su historia.
El marido de Payne, David, también testificó sobre llamadas no solicitadas y correos que lo dejaron “sorprendido y preocupado”.
El acoso no se detuvo en los amigos. Amelie McCann, una de las gemelas de Madeleine (junto a su hermano Sean), declaró vía enlace de video que los mensajes de Wandelt eran “creepy” y manipuladores. “Jugaban con mis emociones”, dijo la joven, recordando cómo Wandelt le escribía afirmando tener “flashbacks” de la casa familiar y enviaba cartas impresas con fotografías editadas. Amelie describió el estrés que le generaba la persistencia: mensajes en Instagram, Facebook y hasta cartas enviadas al domicilio familiar. “Era aterrador porque no sabías qué haría después”, confesó.
Julia Wandelt, por su parte, mantuvo durante el juicio que creía genuinamente en su identidad como Madeleine. Argumentó que dudas sobre sus propios padres biológicos la llevaron a investigar casos de niños desaparecidos, y que un podcast y apariciones en programas como Dr. Phil en 2023 amplificaron su convicción. Negó haber actuado por atención o dinero, expresando “simpatía” por la familia McCann y afirmando que nunca quiso hacerles daño.
Sin embargo, la fiscalía presentó pruebas contundentes: cientos de llamadas y mensajes a Kate McCann (incluyendo hasta 60 en un solo día), visitas al hogar familiar en diciembre de 2024 donde exigió una prueba de ADN, y cartas firmadas como “Madeleine x”. Una prueba de ADN secreta realizada por la policía confirmó que Wandelt no era la niña desaparecida.
Karen Spragg, de 61 años y residente en Cardiff, fue acusada de ayudar a coordinar algunos acercamientos, pero fue absuelta de todos los cargos. Wandelt, en cambio, fue declarada culpable de un cargo menor de acoso (harassment), pero no del más grave de stalking (persecución que causa alarma grave). La jueza Mrs Justice Cutts la sentenció a seis meses de prisión —tiempo que ya había cumplido en detención preventiva desde febrero de 2025— y le impuso una orden de alejamiento indefinida, citando un “riesgo significativo” de reincidencia. Wandelt enfrenta ahora posible deportación a Polonia.
En un comunicado tras el veredicto, Kate y Gerry McCann expresaron que “no sentían placer” por el resultado. “Solo queríamos que el acoso cesara”, afirmaron, destacando el dolor renovado que el proceso judicial había causado a su familia, ya marcada por la desaparición sin resolver de su hija.
El caso reabrió heridas en un misterio que cumple 18 años: Madeleine desapareció el 3 de mayo de 2007, a los tres años, mientras sus padres cenaban cerca del apartamento en un resort de Praia da Luz. A pesar de investigaciones internacionales, avistamientos y teorías, no hay rastro definitivo. La irrupción de Wandelt, alimentada por comunidades en línea de “truthers” y especuladores, ilustró cómo el dolor ajeno puede convertirse en obsesión para otros, convirtiendo una tragedia en un infierno prolongado de intrusión y falsas esperanzas.
El descubrimiento en la carpeta de spam simbolizó algo más profundo: incluso en la era digital, donde todo parece accesible, hay mensajes que se ocultan en las sombras hasta que el contexto los obliga a salir a la luz. Para la familia McCann y sus amigos, ese momento en el juicio representó no solo un testimonio, sino un recordatorio brutal de cómo el acoso puede infiltrarse silenciosamente, esperando el instante preciso para aterrorizar de nuevo.