La sala del Tribunal de la Corona de Leicester vibraba con expectación aquel día de octubre de 2025, cuando Julia Wandelt, la joven polaca de 24 años que durante años había insistido en ser Madeleine McCann —la niña británica desaparecida en 2007 en Portugal—, tomó el estrado para testificar.
El titular viral en portugués que circulaba por redes sociales —«Ela falou demais? Rapariga que diz ser Madeleine McCann dá pistas chocantes que deixam todos atónitos!»— capturaba perfectamente el momento: ¿habló demasiado? Sus declaraciones, llenas de detalles emocionales y revelaciones personales, dejaron al jurado, a la prensa y al público atónitos, reabriendo una herida que nunca ha cicatrizado del todo en la familia McCann.

Wandelt, conocida también como Julia Wendell o Julia Faustyna en sus perfiles online, comenzó su testimonio explicando el origen de su convicción. Contó que un “factor importante” en su creencia fue la duda sobre su propia identidad: no se sentía hija biológica de sus padres polacos. Esta incertidumbre la llevó a investigar casos de niños desaparecidos en bases de datos internacionales. Al descubrir el caso de Madeleine, algo encajó en su mente. “Fue un gran factor”, dijo con voz temblorosa.
Reveló que había sufrido abusos en su infancia y que un apellido compartido con uno de los sospechosos iniciales en el caso McCann (como Christian Brueckner) la hizo sospechar aún más. Estos “clues” —pistas— que mencionaba eran coincidencias físicas: una mancha en el ojo similar a la coloboma de Madeleine, comparaciones faciales manipuladas con IA y supuestos recuerdos recuperados bajo hipnosis.

El momento más impactante llegó cuando describió su visita no deseada a la casa de los McCann en Rothley, Leicestershire, el 7 de diciembre de 2024. Wandelt y su cómplice Karen Spragg se presentaron en la puerta con un informe de ADN falso que, según ella, probaba su identidad. Al ver a Kate McCann, exclamó: “Kate”. Ambas comenzaron a llorar. “Ella empezó a llorar inmediatamente, yo también me alteré demasiado”, relató Wandelt entre lágrimas en el estrado. Gerry McCann llegó poco después y, con calma pero firmeza, le dijo: “Julia, creo que necesitas ayuda”.
Ese encuentro, que Wandelt presentó como un reencuentro emotivo, fue descrito por la fiscalía como una intrusión aterradora que causó “alarma grave” a la familia.

Durante el juicio, Wandelt admitió haber enviado cientos de mensajes, llamadas (hasta 60 en un solo día a Kate), correos y cartas firmadas como “Madeleine x”. Usó herramientas como ChatGPT para generar “pruebas” de similitudes genéticas y editó fotos para publicaciones virales en TikTok e Instagram. En mensajes a Amelie McCann, la gemela de Madeleine, afirmaba tener “flashbacks” de jugar al “Ring a Ring o’ Roses” con ella y alimentar a su hermano Sean. Amelie testificó que esos mensajes eran “creepy” y manipuladores: “Jugaban con mis emociones y mis recuerdos”, dijo la joven, visiblemente afectada.
Wandelt insistió en que su creencia era “genuina” y que nunca quiso hacer daño. Expresó “simpatía” por los McCann: “Ellos buscan a su hija y yo busco a mis padres”. Criticó a la policía británica por “maltratar casos” y sugirió que los McCann habían sido “engañados” por las autoridades. “La policía no está interesada en encontrar a la hija de Kate y Gerry”, afirmó, citando su propio caso como ejemplo de negligencia. También mencionó apariciones en programas como Dr. Phil en 2023, donde declaró públicamente: “Creo que soy Madeleine McCann”.
Sin embargo, la evidencia científica fue contundente. La policía realizó una prueba de ADN secreta que confirmó que Wandelt no era Madeleine. Muestras de una funda de almohada de Madeleine tomadas días después de su desaparición no coincidían con el perfil genético de Wandelt. La joven lloró al ser confrontada con los resultados: “No soy mentirosa ni loca”, dijo, pero reconoció haber pasado demasiado tiempo en comunidades online de “truthers” y conspiradores que alimentaron su obsesión.
El jurado la declaró culpable de acoso (harassment) pero no del cargo más grave de stalking (persecución que causa alarma grave). Karen Spragg, de 61 años, fue absuelta de todos los cargos. La jueza Mrs Justice Cutts la sentenció a seis meses de prisión —tiempo ya cumplido en detención preventiva desde febrero de 2025— y le impuso una orden de alejamiento indefinida, citando un “riesgo significativo” de reincidencia. Sus teléfonos fueron confiscados y destruidos. Wandelt enfrenta deportación a Polonia, un proceso que el Home Office maneja tras la sentencia.
Kate y Gerry McCann emitieron un comunicado breve pero emotivo: “Como la mayoría de la gente, no queríamos pasar por un proceso judicial. Solo queríamos que el acoso cesara”. El caso, que duró desde junio de 2022 hasta el arresto en febrero de 2025, reavivó el dolor de una familia que lleva casi 19 años (hasta marzo de 2026) sin respuestas definitivas sobre Madeleine, quien tendría ahora 22 años.
Las “pistas chocantes” que Wandelt dio en el estrado —sus lágrimas compartidas con Kate, los supuestos recuerdos hipnóticos, las dudas sobre su propia infancia— no probaron nada más que su profunda confusión y obsesión. Para muchos, fue un ejemplo trágico de cómo el dolor ajeno puede convertirse en delirio personal, amplificado por redes sociales y falta de cierre. El misterio de Madeleine permanece sin resolver, pero el episodio de Wandelt sirvió como recordatorio de que, incluso en la búsqueda de la verdad, hay límites que no deben cruzarse.