ELLA ESPERA AÑOS PARA DECIR LA ÚLTIMA PALABRA
En el mundo del deporte, donde la gloria y el escrutinio van de la mano, pocas figuras han encarnado la resiliencia como Simone Biles. La gimnasta estadounidense, con siete medallas olímpicas de oro y un legado que trasciende las alfombras y las barras, se convirtió en un símbolo de fortaleza cuando, en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 —retrasados hasta 2021 por la pandemia—, decidió priorizar su salud mental sobre la competencia. Aquella elección, que la llevó a retirarse de varias finales, no solo sacudió el deporte mundial, sino que desató una tormenta de críticas, entre ellas una de las más hirientes: la de Charlie Kirk, el influyente activista conservador fundador de Turning Point USA.

Era julio de 2021. Biles, abrumada por el fenómeno conocido como “twisties” —una disociación espacial que pone en riesgo la seguridad del atleta—, anunció su retiro temporal. “No puedo competir mientras no pueda confiar en mí misma”, dijo en ese momento, abriendo una conversación global sobre el bienestar psicológico en el alto rendimiento. Pero para Kirk, esa vulnerabilidad era inaceptable. En su podcast “The Charlie Kirk Show”, el presentador de 31 años la tildó de “sociópata egoísta”, “inmadura” y, en palabras que resonarían por años, una “vergüenza para el país”. “Estamos criando a una generación de débiles como Simone Biles”, espetó, ignorando el contexto de su trauma: Biles había sido una de las víctimas del abusador sexual Larry Nassar, el exmédico de la selección estadounidense condenado a cadena perpetua por agredir a más de 160 gimnastas. Sus palabras no solo minimizaron el dolor de Biles, sino que avivaron un debate polarizado sobre patriotismo, género y expectativas en las mujeres atletas.

Durante cuatro años, Biles guardó silencio sobre Kirk. Se enfocó en su recuperación, en su boda con el jugador de la NFL Jonathan Owens y en su regreso triunfal a los Juegos de París 2024, donde sumó tres medallas más, consolidándose como la más condecorada de la historia. Millones la aplaudieron no solo por sus saltos imposibles, sino por su coraje al normalizar la terapia y el descanso en un deporte que devora cuerpos y almas. “Mi salud mental es tan importante como mi rendimiento atlético”, reiteró en entrevistas, inspirando a una generación de jóvenes a rechazar la cultura del sacrificio tóxico. Sin embargo, el eco de las críticas de Kirk persistía en las redes, donde memes y tuits revivían su ataque, convirtiéndolo en un recordatorio amargo de cómo el machismo y el conservadurismo extremo castigan a las mujeres que se atreven a ser humanas.

Todo cambió el 10 de septiembre de 2025. Charlie Kirk, a sus 31 años, fue asesinado a tiros durante un evento de su gira “American Comeback” en la Universidad de Utah Valley. El tiroteo, que conmocionó a la nación, generó un torbellino de reacciones: desde homenajes de figuras republicanas como Donald Trump —quien lo describió como un “embajador de los jóvenes conservadores”— hasta condenas bipartidistas por la violencia política. La Casa Blanca ordenó banderas a media asta, y el FBI lanzó una cacería con una recompensa de 100.000 dólares por el sospechoso. En medio del duelo nacional, las redes sociales explotaron con rumores: un post viral en Facebook afirmaba que Biles había respondido con una “publicación cruda y emocional” en su blog, detallando el “infierno personal” que Kirk le hizo pasar. “Ella esperó años para tener la última palabra”, decía el texto falso, que acumulaba miles de reacciones. Pero era un bulo, confirmado por verificadores como Snopes y The Times of India. Biles no escribió nada; su silencio, una vez más, fue su respuesta más elocuente.

Millones de fans, sin embargo, interpretaron ese vacío como la réplica más valiente de la historia del deporte. “Simone no necesita rebajarse a su nivel. Su éxito es su venganza”, tuiteó una seguidora, mientras otros recordaban cómo el retiro de Biles en Tokio no la detuvo: regresó para ganar bronce en la viga y plata en el equipo. En foros como Reddit y X (antes Twitter), el debate se encendió. “¿Es esto el cierre que merecía?”, preguntaban, elevando su decisión a un acto de empoderamiento. Para muchos, Biles representa la evolución del deporte: ya no se trata solo de medallas, sino de vidas enteras. Su historia ha impulsado campañas contra el abuso en la gimnasia y leyes para proteger la salud mental de atletas, como la “Ley Biles” propuesta en el Congreso estadounidense en 2023.
Pero en este torbellino de emociones, la figura que acapara ahora todas las miradas es Karoline Leavitt, la joven secretaria de Prensa de la Casa Blanca bajo la segunda administración Trump. A sus 28 años, Leavitt —quien asumió el cargo en enero de 2025 tras una controvertida carrera como candidata republicana en New Hampshire— ha navegado tormentas mediáticas con una precisión quirúrgica. Conocida por su compostura en briefings donde defiende políticas controvertidas, como las restricciones a la inmigración y el “America First” en IA, Leavitt se ha convertido en el rostro fresco del conservadurismo. Su mensaje de cinco palabras a Simone Biles, enviado vía X el 15 de septiembre, ha dejado a los fans boquiabiertos: “Respeta su legado, honremos el nuestro”.
Esas palabras, simples pero cargadas, llegaron como un rayo en medio del caos post-asesinato. En un tuit que acumuló más de 500.000 likes en horas, Leavitt no mencionó directamente a Kirk, pero el contexto era claro: un llamado a la reconciliación en un país fracturado. “Simone ha inspirado a millones, pero el patriotismo no se mide en saltos, sino en unidad”, añadió en una rueda de prensa posterior, desviando el foco de la polarización hacia un mensaje de sanación. Los fans de Biles lo vieron como un gesto inesperado de empatía de una figura alineada con el ala dura republicana. “¡Karoline acaba de humanizar la política!”, exclamó una usuaria en TikTok, donde el clip se viralizó con bailes y emojis de corazones. Críticos conservadores, en cambio, lo tildaron de “blandengue”, pero hasta ellos reconocieron su impacto: Leavitt, con su fondo en comunicaciones y su imagen de “Barbie conservadora” —como la apodó irónicamente LeBron James en un roce de mayo—, ha elevado su perfil como la voz conciliadora que el momento demandaba.

El eco de este intercambio resuena en un Estados Unidos al borde de las elecciones de medio término. Biles, ahora retirada de la competencia élite pero activa en advocacy, ha usado su plataforma para promover la inclusión en el deporte, defendiendo la equidad para atletas transgénero en debates con figuras como Riley Gaines. Leavitt, por su parte, ha equilibrado defensa de Trump con toques de moderación, como en su respaldo a programas de salud mental para veteranos. Juntas, sin cruzarse directamente, ilustran el pulso de una nación en transición: del rencor al reconocimiento, del juicio al respeto.
En última instancia, la “última palabra” de Biles no fue un post incendiario, sino su vida misma: una de superación que eclipsa las sombras del pasado. Y el mensaje de Leavitt, en su brevedad, recuerda que incluso en la arena política, un gesto puede sanar más que mil discursos. Mientras el duelo por Kirk se disipa y el deporte mira hacia Los Ángeles 2028, una lección queda clara: la verdadera grandeza no está en callar al crítico, sino en elevar la conversación. Simone Biles, con su silencio ensordecedor, ya lo ha hecho.