La noche cayó sobre el Ramón Sánchez-Pizjuán y con ella llegó una de las derrotas más dolorosas que el Barcelona haya vivido en los últimos años. Sevilla, un equipo que muchos daban por muerto después de un inicio irregular, destrozó a los azulgranas con un marcador contundente de 4-1 que dejó a los aficionados culés en estado de shock. Desde los primeros minutos se notó que algo no funcionaba bien en el conjunto dirigido por Hansi Flick. El equipo parecía sin alma, sin ideas, sin ese fuego que alguna vez definió al Barcelona de los grandes tiempos. Los jugadores caminaban, las líneas estaban desconectadas y el balón parecía pesar toneladas cada vez que pasaba por los pies de un culé

El primer gol llegó demasiado pronto y fue una señal del desastre que se avecinaba. En el minuto 9, En-Nesyri aprovechó un error defensivo garrafal de Koundé para abrir el marcador con un disparo seco al primer palo. La defensa del Barça se miró entre sí buscando culpables, pero el daño ya estaba hecho. Lo peor es que la reacción nunca llegó. En lugar de despertar el orgullo, el gol sevillista pareció hundir aún más al equipo catalán. Sevilla olió la sangre y fue a por más con una intensidad que recordaba sus mejores noches europeas. La presión alta, la velocidad en las bandas y la precisión en los pases dejaron a los blaugranas completamente superados
Antes del descanso, el segundo gol cayó como un mazazo. Suso recibió el balón en la frontal del área y, sin pensarlo, disparó un misil imposible para Ter Stegen. El estadio explotó y la grada se convirtió en una fiesta. Mientras tanto, el rostro de Pedri reflejaba frustración y desesperación. En el descanso, se escucharon los primeros abucheos entre los aficionados del Barça que habían viajado al sur. Algunos pedían cambios urgentes, otros simplemente bajaban la cabeza sin poder creer lo que estaban viendo
En la segunda parte, Hansi Flick intentó reaccionar con la entrada de Lamine Yamal y Fermín López, pero el guion no cambió. Sevilla seguía dominando cada balón dividido y aprovechando los espacios con una facilidad pasmosa. En el minuto 63, Ocampos puso el tercero tras una jugada colectiva brillante, dejando al Barça completamente noqueado. Solo un destello de orgullo permitió a Lewandowski marcar el único gol culé desde el punto de penalti, aunque el gesto de celebración fue inexistente. Nadie sonrió, nadie gritó, porque todos sabían que era solo un espejismo
Pero Sevilla no se conformó. En el minuto 82, Sergio Ramos —sí, el eterno rival de los culés— puso la guinda con un cabezazo imparable que desató la locura en el estadio. El exjugador del Real Madrid levantó los brazos mirando al cielo, mientras las cámaras enfocaban a los jugadores del Barça hundidos, incapaces de mirar al público. Fue el golpe final a una noche que pasará a la historia como una humillación absoluta
Tras el pitido final, el silencio en el vestuario culé fue sepulcral. Según filtraciones de la prensa catalana, Pedri habría lanzado duras críticas a algunos compañeros, señalando la falta de actitud y compromiso. “Esto no es el Barça que conozco”, habría dicho el joven centrocampista, visiblemente afectado. Hansi Flick, por su parte, asumió toda la responsabilidad, pero sus palabras no convencieron a nadie. Los hinchas en redes sociales exigieron cambios drásticos y cuestionaron si el entrenador alemán realmente tiene el control del vestuario
Mientras tanto, los aficionados del Sevilla celebraban como si hubieran ganado un título. Y quizás, en cierto modo, lo hicieron: humillar al Barcelona de esa manera no es algo que se olvide fácilmente. El marcador final, 4-1, no solo refleja la superioridad táctica del Sevilla, sino también la crisis profunda que atraviesa el conjunto blaugrana. La gran pregunta ahora es qué pasará en los próximos días: ¿habrá reacciones en la directiva? ¿Seguirá Flick en el banquillo? ¿Y cómo afectará esto al futuro de jugadores clave como Pedri o Lewandowski?
Lo cierto es que el Barcelona está en una encrucijada peligrosa. Lo que ocurrió en Sevilla no fue solo una derrota, fue una declaración de que algo muy serio está roto dentro del club. Y cuando un gigante empieza a tambalearse, el fútbol entero tiembla. ¿Será este el punto de inflexión o el principio del fin de una era?