23 de marzo de 1994, 17:12 de la tarde. En una colonia polvorienta llamada Lomás Taurinas, en Tijuana, un hombre cae al suelo frente a las cámaras. La música sigue sonando. La multitud grita. Dos disparos rompen el aire. Minutos después, México pierde a su candidato presidencial. Horas después, el estado empieza a construir una versión, pero la sentencia no se dictó ese día.
La sentencia ya estaba firmada 17 días antes, el 6 de marzo de 1994, en la plaza de la revolución de la ciudad de México, Luis Donaldo Colosio Murrieta pronunció un discurso que no estaba en el guion. No habló como heredero, no habló como protegido, habló como un hombre que decidió romper un pacto antiguo.
“Yo veo un México con hambre y con sed de justicia”, dijo frente a la cúpula del poder que lo había creado. Esa frase no fue una promesa, fue una provocación. Y en la política mexicana de los años 90, las provocaciones no se perdonan. Desde ese momento, algo empezó a cerrarse alrededor de él. Las miradas cambiaron, los saludos se volvieron fríos, la seguridad se volvió extrañamente laxa.

El sistema, ese mismo que lo había elevado, comenzó a tomar distancia. No hubo amenazas públicas, no hubo advertencias oficiales, solo silencios. Y el silencio en política suele ser más peligroso que un enemigo declarado. El 23 de marzo, Colosio caminó entre la gente confiando en que aún estaba protegido, creyendo que la popularidad podía ser un escudo, creyendo que el poder respetaba a quienes habían sido leales. Se equivocó.
Dos balas bastaron para cerrar el capítulo. Una en la cabeza, otra en el abdomen. El cuerpo cayó. El país se paralizó. Y la versión oficial se activó de inmediato. Pero esta historia no termina con un disparo porque mientras el estado pedía calma y hablaba de un asesino solitario, alguien más empezaba otra batalla en silencio.
Su esposa, enferma, vulnerable, incómoda, una mujer que sabía demasiado y que no estaba dispuesta a aceptar la verdad que le ofrecían. Hoy, 30 años después seguimos haciendo las mismas preguntas. ¿Por qué ese discurso cambió todo? ¿Quién necesitaba que Colosio no llegara al poder? ¿Por qué la investigación se llenó de contradicciones? ¿Y por qué la voz de su viuda fue apagada tan rápido como la de él? Antes de entender el crimen, hay que volver a ese discurso, porque ahí, frente a todos, fue donde Colosio firmó su
destino sin saberlo. Para entender por qué la caída fue tan brutal, hay que mirar primero el tamaño del ascenso, no el ascenso que se ve en los noticieros con aplausos, banderas y sonrisas calculadas, sino el ascenso real, el que se construye a base de disciplina, obediencia y una fe casi infantil en que el sistema recompensa a los que hacen todo bien.
Todo empieza lejos del mármol y de los salones cerrados. En Magdalena de Quino, en el norte que forma hombres duros, nació un joven que parecía hecho para subir sin hacer ruido. No era un caudillo, no era un rebelde, no era un hombre de escándalo, era el tipo de figura que un partido como el Partido Revolucionario Institucional podía moldear a su gusto porque venía con algo valioso y peligroso al mismo tiempo, inteligencia fría y ambición contenida.
Estudió en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. Después amplió Horizonte en la University of Pennsylvania y con ese perfil encajó perfecto en la generación tecnócrata que prometía modernizar el país sin ensuciarse las manos. En esa época la política no era un concurso, era una herencia.
La regla no escrita era el dedo, el gesto del presidente señalando al siguiente. Y ahí aparece Carlos Salinas de Gortari, el hombre que necesitaba un sucesor que pareciera nuevo sin ser peligroso. Colosio fue útil, leal, funcional, arquitecto de campaña, operador, presidente del partido y luego el cargo que lo acercó al corazón social del país, la Secretaría de Desarrollo Social, CD Sol.
donde se aprende rápido una verdad incómoda, que las cifras se ven hermosas en los informes, pero los pobres no desaparecen solo porque un presidente lo diga. Y por fuera todo era perfecto. Un candidato impecable, un padre de familia, un hombre que sonaba a futuro. México lo veía como un delfín, como el heredero inevitable.
En los pasillos del poder lo trataban como propiedad, como un proyecto ya sellado. La maquinaria estaba lista para empujarlo hasta la silla, pero mientras el país lo miraba como destino, él empezaba a sentir algo más humano, más frágil, más destructivo. Miedo, porque el verdadero quiebre no empezó con un rival interno ni con un rumor de palacio.
Empezó dentro de su casa con una enfermedad que no negocia y que no respeta calendarios. Diana Laura Riojas no era una figura decorativa, era una mujer formada, lúcida, con carácter propio, alguien capaz de mirar a los ojos a los hombres más poderosos sin bajar la cabeza. Y cuando en marzo de 1990 llegó el diagnóstico de cáncer de páncreas, el mundo privado de Colosio se partió en dos.