En una de las sesiones más eléctricas y descarnadas que se recuerdan en el Congreso de los Diputados, Gabriel Rufián, portavoz de Esquerra Republicana (ERC), ha protagonizado un contraataque dialéctico que ha sacudido los cimientos de la derecha y la ultraderecha española.
No fue una réplica ordinaria; fue un ejercicio de “munición gruesa” política que buscó desmantelar, punto por punto, el relato de Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal, exponiendo lo que Rufián denomina el “ciclo del bulo” y la red de intereses económicos que lo sostiene.
Desde el inicio de su intervención, Rufián dejó claro que no pensaba seguir los cauces de la diplomacia parlamentaria tradicional. Su objetivo era la “línea de flotación” de un bloque conservador al que acusa de normalizar la mentira como herramienta de gestión política. El diputado comenzó cuestionando la autoridad moral de Feijóo, recordándole que su partido calla ante los protocolos de las residencias en Madrid bajo el mandato de Isabel Díaz Ayuso, a quien calificó como la “jefa real” del Partido Popular.
Con una ironía afilada, Rufián señaló la contradicción de pedir respeto por unas víctimas mientras se ignora el dolor de otras, llegando a calificar de actitud “psicópata” presentarse en funerales contra el criterio de los familiares.

Uno de los momentos más impactantes de la jornada fue cuando Rufián puso cifras sobre la mesa. En un ataque directo contra la narrativa de las “paguitas” y el gasto público, el portavoz de ERC desglosó las subvenciones institucionales que el gobierno de Ayuso otorga a medios de comunicación que él considera “propagandistas” y creadores de bulos. Mencionó cantidades que superan el millón de euros para medios como OKDiario y EsRadio, así como cientos de miles para Libertad Digital, Periodista Digital y Estado de Alarma.
Según Rufián, este es el motor de una estrategia circular: los medios lo publican, las asociaciones lo denuncian, los jueces lo investigan y, aunque al final se archive, el daño ya está hecho en los bares.
La cuestión migratoria también fue un campo de batalla central. Rufián desmontó la teoría del “gran reemplazo” agitada por la ultraderecha, asegurando que el verdadero reemplazo no es étnico, sino moral. “Nos están sustituyendo por mala gente”, afirmó con dureza.
Denunció la hipocresía de odiar al inmigrante pobre mientras se facilitan las “Golden Visa” para que extranjeros adinerados compren la residencia en barrios lujosos de Madrid. Además, lanzó una acusación directa sobre la coherencia patriótica de quienes atacan la inmigración en redes sociales mientras, según sus palabras, se aprovechan de la vulnerabilidad de mujeres extranjeras.

El debate sobre la gestión de las infraestructuras, personificado en el ministro Óscar Puente, también ocupó gran parte de su discurso. Rufián no esquivó la crítica al Gobierno, calificando el modelo de inversión en infraestructuras como “profundamente clasista”. Explicó cómo se han invertido decenas de miles de millones en el AVE frente a una inversión mínima en Cercanías, a pesar de que este último es utilizado infinitamente más por la clase trabajadora. “Cercanías ha sido el verdadero motor creador de independentistas”, sentenció, vinculando el hartazgo social por el mal funcionamiento de lo público con el desapego institucional.
En el tramo final, Rufián elevó el tono para advertir sobre una deriva internacional que, a su juicio, ya está llamando a las puertas de España. Mencionó la influencia de figuras como Donald Trump y el uso de ejércitos paramilitares y persecución mediática como un espejo de lo que podría venir.
Advirtió que lo que se avecina no es la política de “siempre”, sino un escenario de ilegalizaciones y encarcelamientos si no hay una respuesta unificada de la izquierda.Su mensaje final fue una llamada a la supervivencia democrática: el fascismo no se frena en las fronteras y el silencio solo acelera su avance.
Esta intervención no solo ha sido un ajuste de cuentas parlamentario, sino un intento de rearmar el discurso de la izquierda frente a un bloque que, según Rufián, ha decidido que el poder justifica cualquier medio, incluso la destrucción del debate público veraz. La pregunta que dejó en el aire sigue resonando: en un mundo de ruido y odio, ¿quién protege el terreno común de la democracia?Desde el inicio de su intervención, Rufián dejó claro que no pensaba seguir los cauces de la diplomacia parlamentaria tradicional.
Su objetivo era la “línea de flotación” de un bloque conservador al que acusa de normalizar la mentira como herramienta de gestión política. El diputado comenzó cuestionando la autoridad moral de Feijóo, recordándole que su partido calla ante los protocolos de las residencias en Madrid bajo el mandato de Isabel Díaz Ayuso, a quien calificó como la “jefa real” del Partido Popular. Con una ironía afilada, Rufián señaló la contradicción de pedir respeto por unas víctimas mientras se ignora el dolor de otras, llegando a calificar de actitud “psicópata” presentarse en funerales contra el criterio de los familiares.