¡Nadie lo cree! Elon Musk vuelve a estar en el punto de mira tras afirmar que «Bitcoin se basa en la energía», mientras la IA alimenta las preocupaciones energéticas globales que dan que hablar a todos.

Elon Musk, el magnate visionario detrás de Tesla y SpaceX, ha vuelto a encender las redes sociales con una declaración que ha dejado a inversores, ecologistas y expertos en criptomonedas boquiabiertos. En un tuit publicado el 14 de octubre de 2025, Musk respondió a un post de ZeroHedge sobre la carrera armamentística global de la inteligencia artificial (IA), afirmando: “Bitcoin se basa en la energía: puedes emitir moneda fiat falsa, y todos los gobiernos en la historia lo han hecho, pero es imposible falsificar la energía”. Esta frase, cargada de simbolismo, no solo resucita el debate sobre el valor intrínseco de las criptodivisas, sino que también conecta directamente con las crecientes alarmas sobre el consumo energético de la IA, un tema que está revolucionando la agenda mundial.

Para entender el impacto de estas palabras, hay que retroceder un poco. Musk ha tenido una relación tumultuosa con Bitcoin. En 2021, Tesla invirtió 1.500 millones de dólares en la criptomoneda, un movimiento que impulsó su precio a estratosféricos niveles. Sin embargo, meses después, el propio Musk suspendió los pagos en Bitcoin por preocupaciones ambientales, argumentando que su mecanismo de prueba de trabajo (proof-of-work) consumía demasiada electricidad, equivalente al gasto diario de países enteros. Ahora, cuatro años después, Musk parece haber dado un giro de 180 grados. Su tuit no es solo un endorsement casual; es una defensa filosófica de Bitcoin como un activo anclado en recursos reales, en contraste con las monedas fiat que los gobiernos pueden imprimir sin límite, exacerbando la inflación y la devaluación.

La declaración llega en un momento perfecto, o quizás paradójico, para el ecosistema cripto. Bitcoin ha experimentado un repunte reciente, cotizando alrededor de los 110.000 dólares por unidad, impulsado por la narrativa de la “debasement trade” –el comercio de devaluación–, donde activos como el oro, la plata y las criptos se benefician de la impresión masiva de dinero para financiar megainversiones en IA. ZeroHedge, en su post original, advertía que la IA es “la nueva carrera armamentística global”, con gobiernos como EE.UU. y China destinando billones a infraestructuras que requerirán una energía que no se puede “imprimir”. Musk, con su “True” inicial, valida esta visión y eleva Bitcoin a un estatus casi místico: un sistema donde el valor se forja en el sudor de servidores y generadores, no en decretos políticos.
Pero nadie lo cree del todo, y con razón. Críticos como el CEO de MicroStrategy, Michael Saylor, han aplaudido el comentario, viéndolo como una validación de la resistencia de Bitcoin a la manipulación monetaria. Saylor, un evangelista acérrimo, respondió en X: “Exacto, la energía es el nuevo oro digital”. Sin embargo, ambientalistas y analistas energéticos no comparten el entusiasmo. El consumo diario de Bitcoin equivale a 228 días de electricidad en Somalia o el equivalente a alimentar 8,4 millones de hogares estadounidenses por un día entero, según datos de la Universidad de Cambridge. En un mundo donde la IA ya está devorando recursos a un ritmo alarmante, glorificar el gasto energético de Bitcoin parece, como mínimo, controvertido.
Y aquí entra la intersección explosiva con la IA. Según un informe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) publicado en abril de 2025, la demanda eléctrica global de los centros de datos se duplicará para 2030, alcanzando los 945 teravatios-hora (TWh), ligeramente más que el consumo total de Japón hoy. En EE.UU., el procesamiento de datos para IA superará al de la manufactura de acero, cemento y químicos combinados para finales de la década. Gigantes como Google planean invertir 75.000 millones de dólares solo en 2025 en infraestructuras de IA, mientras que OpenAI y el expresidente Trump han anunciado el proyecto Stargate, un desembolso de 500.000 millones para construir hasta 10 supercéntricos de datos, cada uno requiriendo hasta cinco gigavatios –más que el pico de New Hampshire entero.
Estas cifras no son abstractas. La AIE advierte que, bajo políticas energéticas actuales, la IA podría añadir 1,7 gigatoneladas de emisiones de gases de efecto invernadero entre 2025 y 2030, equivalente a las emisiones energéticas de Italia en cinco años. El Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula que los centros de datos podrían representar el 20% del consumo eléctrico global para 2035, presionando redes ya frágiles y dependientes de combustibles fósiles. En Europa, el Banco Central Europeo (BCE) nota que el consumo de las “Siete Magníficas” tech (incluyendo a Musk) creció un 19% en 2023, superando con creces al resto del S&P 500. ¿La ironía? La IA promete eficiencia energética –reduciendo consumos en edificios o telecomunicaciones hasta un 60%–, pero su huella actual la convierte en una bomba de relojería climática.
Musk, no ajeno a estas tensiones, ha estado predicando sobre energía sostenible durante años. En septiembre de 2025, tuiteó sobre cómo las baterías podrían duplicar la salida eléctrica de EE.UU. cargando de noche y descargando de día para alimentar la IA. Tesla, con sus Megapacks, ya estabiliza redes en Australia y California, integrando renovables. Pero su alabanza a Bitcoin choca con esto: ¿cómo reconciliar un sistema que quema energía fósil con la misión de Tesla de un futuro limpio? Algunos ven en Bitcoin un aliado inesperado: sus mineros, flexibles, pueden migrar a renovables excedentes, subsidiar plantas solares y estabilizar grids, como ocurre en Texas.
El revuelo es ensordecedor. En X, el tuit de Musk acumula millones de vistas, con memes que lo pintan como un profeta cripto o un hipócrita ecológico. Analistas de Carbon Brief advierten que el crecimiento del 12% anual en consumo de centros de datos desde 2017 podría revertir avances net-zero si no se mitiga. El Foro Económico Mundial habla de un “dilema energético de la IA”: oportunidades de ahorro versus demanda explosiva, con centros futuros consumiendo 20 veces más que hogares promedio.
En última instancia, las palabras de Musk no son solo sobre Bitcoin; son un llamado a repensar el valor en una era de escasez energética. Mientras la IA acelera hacia un horizonte incierto, impulsando economías pero tensionando el planeta, su afirmación resuena como un recordatorio crudo: la energía no se falsifica, pero tampoco es infinita. Si Musk tiene razón, Bitcoin podría ser el faro en esta tormenta; si no, solo avivará las llamas de un debate que nadie esperaba tan candente en 2025. Lo cierto es que, creído o no, el mundo está escuchando –y consumiendo cada vez más para hacerlo.